Llegué a Nueva York un viernes de Marzo por la tarde . A la que aterrizaba en el JFK , ya se podía ver por la ventanilla del avión el impresionante skyline de Manhattan mientras se ponía el sol, así como la Estatua de la Libertad en la lejanía.
Tras más de una hora de cola en el control de pasaportes, por fin pisaba suelo americano. Lo primero que tenía que hacer era salir del aeropuerto para coger el metro que me llevara a Chinatown. La primera impresión que tuve fue «¡El JFK es enorme!». Tiene una red propia de metro (Air Train), en la que incluso tuve que hacer un transbordo hasta llegar a la parada que conectaba con la red de NY (Jamaica Station). Dicha estación es un continuo trasiego de gente de todas las razas y colores, y fue allí donde adquirí mi abono de Metro Card en una de las máquinas que hay para tal efecto. Una vez montado en el metro, me quedaba casi una hora de trayecto hasta mi destino. Al notarse a la legua que era un turista (La maleta y el plano de metro en la mano me delataban), enseguida algún otro pasajero se ofreció para indicarme la ruta , poniendo de manifiesto la famosa amabilidad de los neoyorquinos (aunque cierto es que desconfié de primeras)
Una vez llegado a mi parada, Bowery Street (así se llama la avenida que atraviesa Chinatown), mi primera impresión fue que lo que muestran las películas no era ficción: letreros en chino, prensa en chino, y pocas caras occidentales. Agotado tras el viaje, hice el check-in en el económico World Hostel , y tras comprobar lo precario de las instalaciones, me aventuré a salir a cenar por los alrededores. (sin alejarme mucho, ya que al día siguiente me esperaba una jornada maratoniana)
Enseguida descubrí un restaurante asiático que no tenía mala pinta (y que además era de buffet libre). Al encontrarse todo completo en ese momento, el personal me ofreció la opción de compartir mesa para no tener que esperar tanto. Así que dos horas después de haber puesto un pie en América, allí estaba cenando con un neoyorkino de pura cepa , conversando acerca de la ciudad.
Tras tomar un par de cervezas artesanas en un garito de moda un tanto cool que había en la misma manzana del hostal, me retiré a «mis aposentos» (una cama en una habitación sin ventana de un metro y medio de ancho por dos y medio de largo)
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